7 de agosto de 2007



Bueno, querida, un poco tarde, pero al fin tus padres te han expulsado de su dormitorio. Todos estamos muy orgullosos de ti, ya llevas tres días durmiendo sola y pienso que eres más valiente de lo que pensabamos. Te levantaste a las tres porque tenías sed, a las cuatro porque te picaba la mano (parece que tienes una rozadura de la piedra de la piscina), y a las cinco fue tu madre la que se levantó, extrañada de que no ibas a visitarla. Estabas jugando con tus muñecas, te apagó la luz y te mandó seguir durmiendo. Es extraño, pero no protestaste. Yo creo que te puede el orgullo, esa enfermedad crónica en las mujeres de nuestra familia y que tenía la esperanza de que tú no hubieras heredado. Siento mucho que estés sufriendo tanto, mi querida Lucía, pero ya mismo pasa, no lo digo yo, que ya sabes que carezco del don de la paciencia, lo dijo aquella señora tan simpática, Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa.

1 de julio de 2007

Querida Lucía,

El otro día viste los primeros quince minutos de la película E.T.

Resultado: a la numerosa legión de monstruos, brujas, fantasmas y malos que ya vienen cada noche a molestarte a la hora de dormir y que mantienes a raya gracias al poder disuasorio de tus padres, de ahí la necesidad de colarse en su cama todas las noches(lo que es la inocencia, si los conocieras como yo terminarías de aterrorizarte) y de la luz de la mesilla de noche (que no sé yo si a los monstruos, brujas, fantasmas y malos en general les molesta la luz para atacar a las niñas a punto de dormirse, que yo sepa eso sólo le molesta a Drácula, pero para alivio de todos aún no has conocido al siniestro conde, lo cual es en parte una pena, porque ese miedo lo encuentro más digno, ya sabes que yo tuve una experiencia pavorosa con un vampiro, y como de todos modos miedo tienes, ya podías engrosar la lista con algo más serio), pues a la numerosa legión, como te decía, ha venido a sumarse E.T. Ahora preguntas a todas horas que por qué habla así, que por qué tiene ese dedo así y con eso que se enciende ahí, que por qué mira con esos ojos así, que por qué anda así, y terminas por echarte a llorar porque te da mucho miedo. He tenido la delicadeza de buscarte una foto en la que no se ve su largo y terrorífico dedo.

En fin, querida, tan miedosa nos has salido que en tu vocabulario no figura todavía la palabra 'sueño', para ti todo son pesadillas. El sábado me preguntaste si quería escuchar la pesadilla que habías tenido esa noche, y entonces me contaste que la abuela y tú fuisteis a coger flores para regalarmelas. Te contesté que eso no era una pesadilla, que se trataba de un sueño, pero no logré convencerte porque argumentabas una y otra vez que es que estabas dormida.

Bueno, querida, hoy había colgado una foto tuya en el blog en la que estás guapísima, pero mira tú por dónde tu abuela ha visto un melodrama sobre los peligros de internet y me ha exigido que quite todas las fotos que tenga expuestas. Y ya sabes cómo es tu abuela.

He estado releyendo a Hölderlin y me he dado cuenta de lo mayor que estoy. Ya soy más vieja que muchos muertos, concretamente diez años más vieja de lo que era él cuando empezó a escribir Hiperión. No es que haya dejado de parecerme hermosa su obra (de hecho le he robado unas palabras para encabezar tu blog), es que encuentro que ya hace mucho tiempo que pasé y me conmoví por las cosas que hoy me contó, la verdad es que cuando te das cuenta de eso te da una pena que te ahogas.

Todo esto me ayudó a rescatar del olvido una conversación que mantuve hace mucho con tu abuelo sobre los muertos que están en el cielo. Recuerdo que nos reímos muchísimo, pero que también me dejó profundamente intrigada, aunque no tanto como para tener ganas de ir a investigarlo. Te cuento, el padre de tu abuelo murió muy joven, mucho más joven de lo que era él cuando hablamos de aquellas cosas, y nos preguntábamos si habría envejecido allí en el cielo, porque de lo contrario todos los demás muertos iban a pensar que el hijo era el padre y el padre era el hijo, y, lo que es peor, a lo mejor ni se reconocían. Si Hölderlin me leyera seguro que me preguntaría si no es el mundo lo bastante mezquino como para buscar todavía fuera de él a Algún Otro. Tú ni caso, a tus fantasías, que ya le contestaré yo que si no fue él quien dijo que el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa, contemplando los miserables céntimos con que la compasión alivió su camino.

13 de enero de 2007



Querida Lucía:
Cuando todo esto se te olvide, yo estaré aquí para recordarte que hubo un tiempo en que eras tan pequeña que como más guapa te veías era con una ridícula felpa de la que salían dos antenas y estaba rematada por dos pompones plateados, y que te empeñabas en salir con eso a la calle. Por aquellos tiempos, aunque en realidad había empezado mucho antes, también tenías la costumbre de dar besos de vaca y de buscarte mierdecilla entre los dedos de los pies, eso te gustaba especialmente. Entonces también preguntabas cuántas veces tenías que dormir para que llegara el jueves, y todos tus muñecos tenían payuelas, aunque no se las habías contagiado tú, sino tus rotuladores, y cuando te preguntábamos que qué te había dicho el pediatra, contestabas: “Que nunca, nunca, nunca más coma lentejas”. Había cosas de las que no te cansabas nunca, como de que te contara la historia de aquella vez que me entró un murciélago, o de pedirme que te diera un beso para ponerme el calcetín en la nariz y entonces yo tenía que decir, ¡Dios mío, qué peste a queso gruyere!

El gallo plumón


-Querida Lucía, ¿quieres que te cuente el cuento del gallo pelao?
-Sí, no, sí, no, sí, no.


Y me hace tanta gracia, que te lo cuento.


Érase una vez un gallo que tenía un plumaje tan hermoso, que era conocido como el gallo plumón. El gallo plumón estaba un día tan aburrido que se subió al tejado para ver las cosas desde otra perspectiva. Entonces el viento, que también estaba aburrido, empezó a alborotarse y a soplar fuerte, fuerte alrededor del gallo plumón. Y tan fuerte sopló, que el viento se llevó hacia el norte todas las plumas del gallo plumón. Y así fue como el gallo plumón se convirtió en el gallo pelao. Pero no te preocupes, querida Lucía, esto no fue una desgracia. El gallo plumón, que a partir de aquel momento empezó a ser conocido como el gallo pelao, y que habíamos dejado encima del tejado desplumado y con el pico apuntando al norte, le dio al matrimonio de granjeros que lo criaban la idea de un próspero negocio: la veleta. Y entonces el gallo pelao se convirtió en el personaje más ilustre de su pueblo, y nunca tuvo frío porque la granjera era la mejor tejedora de chalecos de colores de la comarca.


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.




La lagartija jacobina narró romances cesando dogmáticos ostracismos ostentosos. Sostenía abismos mostrencos, cosechando dogmas mastodontes, testando doctos tostones. Nescientemente tejía ajobos boscosos. Sospechaba babilónicos cosmos, mostraba bachillería abolenga, garabateando documentos toscos. Coscorrón roñoso solapaba baldíos ascetismos, moscardón donjuanesco, coñazo zopenco, cola laica, canalla llamada, dama mala, lagartija jacobina, narras rastreras raspaduras, ralo logo gorjea argucias asquerosas.

9 de octubre de 2006

Sobre todo, aunque en un trocito


No me iba, es que estaba tan cerca que no te veía bien. Antes sólo veía el pico de un imperioso águila imperial. Ahora veo las patitas temblorosas de un pajarillo con las alas pegadas, tan pequeño sobre el mundo grande, desoladamente grande en su sucesión continua de desiertos, montañas, árboles, miles de millones de nidos de pajarillos que vuelan sobre el mundo, tan grande que nunca sabrán que sólo vuelan por un trocito de cielo del mundo, muy pequeño, porque el mundo es muy grande y tú sólo eres un pajarillo muy pequeño que tiene las alas pegadas de clara de huevo y ni siquiera ha aprendido que llegará un día en que tendrá que volar, pero ya le espera el miedo en algún lugar de su pequeño estómago de pajarillo recién venido al desoladamente grande mundo, el miedo a volar en algún lugar de su todavía no adquirida conciencia de pajarillo que un día tendrá miedo, pero el miedo ya es un recuerdo, un recuerdo de lo que le sucederá cuando sus plumas sean plumas y extienda las alas sobre un trocito pequeño de cielo y se pueda decir que ha superado ese miedo que le estaba esperando incluso antes de que sintiera el miedo que todo pajarillo siente cuando empieza a perforar el cascarón de su pequeñito huevo porque no sabe si va a ser capaz de hacer un agujerito lo suficientemente grande para que el ánimo le alcance para dar otro golpecito con el pico al lado del agujerito, pero claro que puede, y puede volar, y entonces supera esos miedos y ya se siente como deben de sentirse los imperiosos águilas imperiales, ya soy un águila imperial, piensa el pajarito que es verdad que ahora tiene todo el aspecto imperial de un gran águila y a su lado el mundo no es más majestuoso que su majestad el imperioso águila imperial, que aun así sigue teniendo miedo, porque el miedo ya estaba allí antes de que pudiera romper el cascarón de su pequeño huevo, tan pequeño el huevo que casi es nada, casi es una motita de polvo en un mundo desoladamente grande cuyo cielo ningún águila es capaz de conocer nunca por muy imperial que sea, y de repente un día se llena de convencimiento tonto y se queda sin recuerdos prenatales y deja de ser un pajarito.

Así que ya eras un águila adulta, y habías olvidado que el miedo se incubó contigo en el huevo, porque de tanto sentirlo ya no lo encontrabas, y yo sólo veía tu pico imperial, exento de miedo, un pico poderoso capaz de sostener un peso superior al suyo en pleno vuelo. Y tu sombra inmensa se proyectaba sobre el inmenso mundo, tu sombra equilibrada y majestuosa, y yo, que sólo era un pajarillo con las alas pegadas de clara de huevo pensaba que mi sombra era más semejante a un huevo que a un pajarillo, y temblaba de admiración cuando veía tu pico y tu sombra planeando por el suelo, como si el suelo fuera un trocito pequeño de espejo de un pequeño trocito de cielo. Y yo te decía que el miedo siempre me había estado esperando, incluso antes de romper el cascarón, y tú te reías como se ríen los águilas imperiales y me decías que nunca tuviste miedo, pero que probablemente yo dejaría de tenerlo cuando fuera imperial, como tú. Y entonces sólo podía ver tu pico, tan grande eras a mi lado, casi tan grande como el desoladamente grande mundo del que yo sólo veía un trocito muy pequeño además de tu pico majestuoso, y decidí que quería ser como tú y no tener más miedo y no mirar el trocito de espejo, porque allí sólo encontraba tu sombra y si miraba al mundo sólo veía un trocito pequeño porque todo lo tapaba tu pico y ya no quería ver más lo mismo y entonces me fui.

Pero en realidad no me fui muy lejos. A lo mejor no me crees porque ya no veías mi ojos de pajarillo y mis patitas temblando de miedo y de frío, mojado de clara de huevo, con las alas pegadas, temblando de frío y de miedo y de admiración por ti. Entonces tuviste miedo y te fuiste empequeñeciendo como un pajarillo que acaba de romper el cascarón, y sólo sentías el pulso acelerado de tu corazoncito oprimiéndote tu cuellito de pajarillo rosado y pensabas que me había ido muy lejos y que ya no volverías a verme. Pero no era así, yo no me fui, sólo me quedé un poco más allá para poder verte mejor, porque estabas tan cerca que no te veía. Y entonces vi al pajarillo que había a continuación de tu pico y vi que el miedo es tan bonito si tienes a alguien que pide que vueles, y sobre todo vi que si eras capaz de recordar el miedo que te estaba esperando como un recuerdo incluso antes de que rompieras el cascarón, tantas cosas que di por perdidas ahora eran posibles, ahora que tú eras un pajarillo bañado de clara de huevo con cuerpo de majestuoso águila imperial. Pero sobre todo vi que no importaba demasiado que no fueras más que un pajarillo y que así también podía temblar de admiración contemplándote de lejos, y vi que lejos no significa lejos si hay cuellitos rosados oprimidos por el pulso de un corazoncito acelerado que tiene miedo porque piensa que alguien se ha ido lejos, muy lejos y que ya nunca volverá. Y vi que amor significa otra cosa, y sobre todo vi que amor no significa cosas desoladamente grandes como amor, sino cosas que son muy pequeñas, como un trocito de amor, simplemente significa que me daban ganas de ir a quitarte la clara de huevo que tenías en las alas y que prefería que dijeras fanfarronadas más propias de águilas imperiales que de pajarillos, y también significa que quería planear alrededor de tu nido para que vieras que estaba allí y cosas así, como pedirte que vueles aunque el miedo te quitó las ganas, porque los pajarillos hemos nacido para eso, o eso creo por lo poco que veo en el trozo de cielo que veo desde aquí, un trocito de cielo muy pequeño si me imagino lo desoladamente grande que debe ser el mundo.

1 de febrero de 2006

Verano


Solíamos ir a comernos la merienda allí donde terminaban las casas, los almendros, los campos, la tierra que subir, allí arriba, a la Cruz de la Atalaya, sol a través. Nos parecía que en la cima de aquel montecillo terminaba toda la vida. Los vientos giraban enloquecidos sobre la cruz oxidada en la que siempre había anudados los mismos ramos de flores marchitas. Ella siempre se sentaba delante y dándome la espalda, en la misma piedra desde la que podía espiar su perfil. Sólo cuando recuperaba la respiración sacaba el bocadillo y venía a sentarse a mi lado. Entonces comía sin mirarme, señalándome con la barbilla un pájaro o una nube o lanzando piedras contra una lata vieja. Cuando terminaba el bocadillo se ponía en pie de un salto y andurreaba el lugar inspeccionando con cuidado, como si fuera a encontrar algo nuevo e importantísimo que hasta entonces habíamos ignorado. Yo me quedaba clavado a los pies de la cruz un poco fastidiado de esos saltos que siempre me parecían repentinos, pensando en lo rara que era su cara ahora que había tenido tres minutos para mirarla de cerca, en lo rara y lo desconocida que me parecía su cara durante esos tres minutos en los que la miraba de cerca.
-Pedro me dijo que nos espera a las siete y media, antes no, dice que su madre está harta de que no haga los deberes y de que no duerma la siesta.
-Tú y Pedro sois tontos- contestó dándome un puntapié.
Yo siempre había esquivado sus puntapiés, solían ser la excusa para estar media hora corriendo delante de ella, pero aquel día me dio de lleno y yo le respondí con otro en un tobillo. Fue un puntapié de goleador. La rabia y el dolor asomaron a sus ojos, pero no permitió que se le escurriera ni una lágrima. Bajó el monte en silencio. Yo iba detrás viendo cómo arrastraba el pie y pensando en el dolor que le impedía articular el tobillo, en el dolor que me impedía articular palabra, en si alguna vez había sentido eso después de darle una patada a Pedro.

26 de junio de 2005


Ahora va a ese tipo de restaurantes en los que un pingüino que parece un camarero apostado frente a su mesa los vigila durante toda la cena. La conversación es agradable e interesante, la comida exquisita. Él la ama, lo cual excluye cualquier cosa que pueda herirla de algún modo. Hace tiempo que él comprendió que enfadarse con ella es absurdo, así que él nunca se enfada con ella, de la misma forma que nadie se enfadaría con una tormenta de verano por haberle estropeado un día de playa. Él sobre todo procura su bienestar y su tranquilidad, siempre se lo explica en largas peroratas en las que acaba mirando hacia atrás buscando eso en lo que ella fija la mirada: una pared blanca, una ventana, un cuadro, un perchero, y aunque su falta de atención lo exaspera porque golpea directamente en su seguridad, sus principios y su convencimiento honesto de que así son las cosas, nunca se enfada con ella porque sería como enfadarse con una tormenta de verano.

-Te quiero -dice él inesperadamente.
-Eso no es verdad -contesta ella sin ganas- Cómo querer a alguien sin herirlo, sin tratarlo de igual a igual. En cualquier caso, qué más da eso, yo no te quiero. Me voy, sería una bufonada seguir aquí sentada esperando el postre.

Con Nacho había sido otra cosa. Solían ir a un restaurante horrible con manteles de papel y cabezas de ciervo colgando de las paredes. Un cartelito mentía en el cristal de la fachada, “Local Climatizado”, la temperatura era antártica, así que les encantaba sobre todo en verano. La señora del restaurante, una matrona oronda con sofocos menopáusicos, eterna y afectuosamente enfadada con todo el mundo, clientes y empleados por igual, les regañaba si se encendían un cigarrillo antes de que les trajera las natillas o si no dejaban el plato limpio, a lo que no se atrevían a contestar otra cosa que no fuera lo bueno que estaba todo o que ponía tanta comida, nunca a declarar que con ese jabalí ahí mirando no se podían acabar la carne en salsa.
Aquella mañana probablemente se habrían estado riendo por cualquier cosa, y ella habría dicho algo que de repente habría terminado por desbordar la alegría de Nacho y por eso Nacho cogió un palillo de dientes que imprevisiblemente clavó en la mano de ella de un golpe rápido y certero, aunque quizá fuera al revés, pero no, porque Nacho nunca pudo ver sangre, por eso cuando vio la gota de sangre y el palillo clavado llegó a marearse, y tuvo que venir la señora a retirar el inexplicable palillo de dientes clavado en la mano de ella y a secarle a Nacho la cara con una servilleta a la vez que le hacía aire con el delantal antes de que se desmayara sobre el mantel de papel encharcado de cerveza, porque ella, cómo no, ya le había tirado la cerveza a la cara y le había dicho que era un idiota y que se fuera a la mierda. Y así habían pagado la cuenta y habían salido del restaurante, gritándose como locos calle arriba mientras todo el sol de las cuatro de la tarde les caía encima como una explosión nuclear. Dos días después bajaban la misma calle riendo como locos, o quizá discutiendo como locos otra vez, y se quedaron paralizados cuando vieron que el restaurante había ardido y los ciervos y las mesas eran recuerdos carbonizados, y toda la pena del mundo se agolpó en las manos temblorosas de ella y en la cara pálida de él, y no tuvieron más remedio que ponerse a llorar. Por cosas así con Nacho había sido distinto.

19 de junio de 2005

El Seísmo


A las tres y veinte de la madrugada, una fuerte sacudida acompañada de un ruido profundo despertó a toda la ciudad y dejó sin luz a buena parte de ella.

Los habitantes del Edificio Generalife salieron en tropel escaleras abajo, presos de la histeria colectiva porque el inmueble estaba provisionalmente apuntalado con motivo de unas obras que ya hacía tiempo eran eternas, consecuencia de una estafa de la empresa constructora.

Cuando parecía que ya no cabía más gente en el portal, alguien encendió un mechero, iluminando a doña Florita (en camisón y sin dientes, Primero B) y a doña Encarnita (en camisón, sin dientes y sin sonotone, Primero B), que bajaban torpemente las escaleras y llevaban detrás una cola de vecinos impacientes.

Don Eusebio, (Quinto B, empleado de banca jubilado y Presidente de la Comunidad), pidió que se encendieran más mecheros y que se hiciera un recuento rápido de los que todavía faltaban por bajar, ya que estaba escuchando en la radio, la cual don Eusebio llevaba permanentemente adosada a la oreja, que “no se podía descartar una réplica del seísmo, que podría ser ipso facto, hecho que no estaba facultado, ojo, ni él ni nadie, a pronosticar, debido a la imposibilidad de previsión en los movimientos de las placas tectónicas”.

Don Ramón, (Cuarto C, maestro de escuela y Tesorero de la finca), comenzó a pasar lista de los vecinos empezando por los del Primero A, que, siguiendo sus indicaciones, tenían que contestar “presentes”. No había pasado don Ramón de los del Segundo B, cuando doña Teresa (sus labores) y doña Juanita (ludópata), del Quinto C y D respectivamente, habían llegado a la conclusión de que faltaban los Rodríguez, (Quinto A, recién casados), don Ernesto (Tercero C, guapísimo ingeniero, amante, según las malas lenguas de doña Elena, enfermera, separada, Tercero D) y Matías (el chaval del Ático, estudiante). Doña Juanita, cuyo dormitorio daba pared con pared con el de los Rodríguez, informó debidamente a don Ramón, y, cuidado, sólo lo hacía porque, en su calidad de Tesorero, estaba haciendo recuento de los vecinos que aún no habían evacuado sus domicilios, de que estos no habrían percibido el seísmo porque hacia la hora de la hecatombe, el lecho conyugal era en sí mismo el epicentro de otra convulsión estremecedora, y que aprovechaba la ocasión para poner en conocimiento del Tesorero, como miembro legítimo de la Junta de Vecinos, que desde que los Rodríguez se habían trasladado al Edificio Generalife, no había tenido ni una sola noche de descanso continuo.

Don Eusebio (Quinto B, Presidente), propuso enviar al Ático, al Quinto A y al Tercero B, una expedición con los vecinos más preparados para tal operación de rescate de los ausentes, que, a su juicio, eran don Rafa (Bombero, Primero C) y don Antonio (Cuerpo de Montaña de la Guardia Civil, Segundo A).

Doña Encarnita (Primero B, en camisón, sin dientes y sin sonotone), pidió encarecidamente al recién comisionado Cuerpo de Rescate que pasara por su piso y le bajara las pastillas de la tensión, su bata de guatiné, su dentadura y su sonotone, el retablo del Sagrado Corazón de Jesús (en Vos confío), y su labor de croché. El bombero, visiblemente envalentonado por la autoridad que le había sido conferida, dijo que no le traería nada más que las pastillas de la tensión. Doña Teresa (Quinto C, sus labores), doña Juanita (Quinto D, ludópata), doña Florita (Primero B, también en camisón y sin dientes, hermana de doña Encarnita), saltaron sobre don Rafa (Bombero, Primero C) como gallinas cluecas, haciendo valer los derechos de la pobre anciana, y exigiendo que se le proporcionara también una hamaca de la playa que doña Teresa tenía en el balcón, porque sus tobillos estaban empezando a hincharse de forma preocupante. Doña Juanita (Quinto D, ludópata), añadió que en vista de que iban a pasar por el piso de doña Teresa (Quinto C, sus labores) a por la hamaca para doña Encarnita (Primero B, la hermana sorda), no costaba nada que la expedición hiciera una breve incursión en el suyo (Quinto D), y bajara el juego de la lotería que estaba en el armario empotrado del pasillo. Doña Florita (Primero B, hermana de doña Encarnita, la anciana sorda) protestó, informando a todos los vecinos de que tanto ella como su hermana eran señoras decentes y de buenas costumbres, y que no estaba, y menos a su edad, dispuesta a probar ninguna de las actividades ludopáticas de doña Juanita (Quinto D), en las que se empieza con un cartoncito de bingo y se acaba fumando y bebiendo anís, y que esa noche doña Juanita (Quinto D, ludópata), no iba a jugar a otra cosa que no fuera a rezar el Santo Rosario, pidiendo la Intercesión de la Santísima Virgen María (Ruega por nosotros) para que no hubiera réplica del seísmo, y que en el primer cajón de su mesita de noche, había una cajita de lata con varios rosarios de palo de rosa, cajita que don Rafa y don Antonio (Bombero, Primero C y Guardia Civil de Cuerpo Especial de Montaña, Segundo A, respectivamente), tuvieran a bien bajar y que, por favor, no se olvidaran del sonotone de su hermana, porque de ser así, no habría forma de rezar un Rosario en condiciones. Doña Juanita (Quinto D, sus labores, ludópata), decidió conformarse con la propuesta de doña Florita (Primero C, en camisón y sin dientes), convencida de que sería la más rápida y la más hábil pasando las cuentas del rosario, y que eso iba a ser más excitante que cantar muchas líneas. Por su parte, doña Teresa (Quinto C, sus labores), que estaba dispuesta a jugar a lo que fuera, en ese momento tenía centrada toda su atención en las pistoleras de doña Elena (Tercero C, enfermera, separada y amante, claro estaba, de don Ernesto, Tercero B), porque había que ver el avío que hacía una faja, resumió dándole un codazo a doña Juanita (Quinto D, ludópata) y apuntando con la nariz engurruñida a las pistoleras de doña Elena (Tercero C, enfermera, separada, amante de don Ernesto, bendito sea Dios).

Estaba a punto de adentrarse la expedición en la oscuridad de la escalera sin más equipo que un par de encendedores prestados, cuando don Ernesto entró en el portal (Tercero B, Ingeniero, alto, guapo, rico y posible amante, según las malas lenguas de doña Elena, enfermera, separada, grandes pistoleras, Tercero C, qué suerte tienen algunas). Don Ernesto, impecablemente vestido de Armani, más deseable, si cabía, que de costumbre para el público femenino, y más odiable, si cabía, que de costumbre para el masculino, porque los caballeros que ocupaban el portal vestían pijamas descoloridos o ropa deportiva los más elegantes, informó que venía de una reunión de negocios y que le gustaría subir a su casa (Tercero B) a descansar, cosa que don Eusebio (Quinto B) desaconsejaba en calidad de Presidente de la Comunidad por el peligro inminente de una réplica del seísmo. Don Manolo (Quinto D, marido de doña Juanita, ludópata ella, propietario del Bar “La esquina” él), con un espantoso pijama gris en el que no cabían más bolitas y del que colgaba una espantosa taleguilla piltrafera, propuso que se permitiera a don Ernesto subir a su casa (Tercero B) a descansar, con el oscuro y secreto deseo de que hubiera una réplica del seísmo y el deslumbrante ingeniero muriera irremisiblemente aplastado, propuesta a la que don Eusebio (Quinto B, empleado de banca jubilado y Presidente de la comunidad) siguió negándose ya que su misión era velar y proteger la integridad de todos y cada uno de sus vecinos. Y era por el bienestar de todos sus vecinos, por lo que proponía don Eusebio que se trasladaran a la Sala de Juntas, anexa al edificio, en la que estarían más seguros por ser de una sola planta y más cómodos por haber sillas para todos, en cuanto don Rafa (Primero C, Bombero) y don Antonio (Segundo A, Guardia Civil del Cuerpo de Montaña) regresaran con los vecinos no presentes.

Partió por fin la expedición de rescate hacia la oscuridad implacable de la escalera, sin más equipo, como íbamos diciendo que un par de encendedores prestados y varios manojos de llaves que les proporcionaban la Santa compañía de Nuestra Señora del Pilar, Nuestra Señora de Montserrat, Santiago Apóstol, Patrón de España (Primero B), y Frutería Paquito (Quinto C). Era conmovedor verlos subir valientemente las escaleras, a pesar de los aullidos poco tranquilizadores de los dos perros de la comunidad, que no habían parado de moverse, inquietos, toda la noche, y a pesar del llanto de sus niños, los vecinos más pequeños. Y, será la madera del héroe, que todavía tuvieron fuerzas para pronunciar unas palabras de entereza y consuelo a sus esposas (doña Pepi, Primero C, esposa del Bombero y doña María, Segundo A, esposa del Guardia Civil), que se hacían la firme y sincera promesa, con el corazón lleno de culpa, de no mirar en lo que les quedara de vida a don Ernesto (Tercero B, el guapo ingeniero), porque lo que tenían en casa superaba con creces las terrenales cualidades de semejante Casanova.

No habían transcurrido dos minutos de la partida de la expedición, cuando doña Pepi (Primero C, esposa del Bombero), rompió el tenso y expectante silencio del portal con un desgarrador “¡Rafa!, ¡pichurri!, ¡ya no hace falta que vayáis al Ático!, ¡el Matías acaba de llegar de la calle!”, y todos clavaron las miradas en el Matías, que, por su parte, la tenía clavada en Cristina (Cuarto A, pelirroja, compañera de piso de Charo y Belinda, estudiantes todas), a la cual era incapaz de mirar sin que un violento temblor sacudiera su cuerpo de abajo arriba, cosa que siempre le recordaba la gelatina verde que le hace su madre, porque cuando la veía no podía imaginar otra cosa que no fuera a la pelirroja clavándole las uñas en la espalda.

La Réplica


No era el deseo, sin embargo, lo que sacudía el cuerpo de Ático como si de la gelatina verde que le hace su madre se tratara, sino la gripe. Alarmado don Quinto B por las sacudidas del muchacho, volvió a romper el tenso y expectante silencio del portal gritándoles a Primero C y Segundo A que bajaran mantas y paracetamol. Pelirroja Cuarto A, arrebatada por el brillo que la fiebre producía en la no menos arrebatada mirada de Ático, se preguntaba por qué habría desairado tantas veces al chaval, y, si pudo dominar un impulso inminente que le estaba naciendo, sólo Dios sabría de dónde, de arrojarse en los brazos del estudiante, fue porque las inquisidoras miradas de doñas Primero B y Quintos C y D la devolvieron a la realidad. Decidió comunicar tan vehementes sentimientos a sus compañeras de piso:

-Tías, me gusta el Matías, tías.
- ¿El Matías, tía?, qué fuerte, tía.
-Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte, tía.
-Fuerte no, tías, megafuerte. ¿Qué hago, tías?
-Tía...
-Uf, tía...
-Ya, tías pero me acabo de dar cuenta de que me gusta el Matías, tías. De verdad, qué fuerte soy, tías.

Por fin se distinguió en la escalera un tenue haz de luz, era la linterna del casco de bombero de don Primero C que, con una bolsa de Mercadona en una mano y la hamaca de doña Primero B en la otra, encabezaba la exitosa expedición de recate, lo seguía doña Quinto A, con cara de espanto, el pelo revuelto y vestida con un sugerente picardía rojo, bajaba en tercer lugar don Quinto A, igualmente despeinado, espantado y descalzo, y vistiendo un no menos sugerente salto de cama en tonos pastel, lo primero que a tientas encontró el infeliz cuando los miembros de la expedición aporrearon la puerta de su piso. Cerraba la marcha don Segundo A, con su mochila del Cuerpo de Recate de la Guardia Civil a la espalda y un par de linternas en ambas manos. Todos fueron recibidos con vítores y enloquecidos aplausos en el portal.

-Mis estimados vecinos, silencio, por favor. -dijo visiblemente emocionado don Quinto B- Ahora sí estamos todos, y con esta alegría de encontrarnos todos juntos y a salvo en tan dramática noche, trasladémonos a la Sala de Juntas. Lo primero será acomodar a los enfermos: pongo en conocimiento de todos que el joven Matías presenta un cuadro de malestar general y fiebre alta, por lo que ruego a doña Elena que en su calidad de enfermera tenga a bien atenderlo, así como a doña Encarnita, cuya hinchazón de tobillos no podemos seguir ignorando. Asimismo, ruego a nuestros inestimables héroes, don Rafa y don Antonio, sigan poniendo a nuestro servicio sus amplios conocimientos en lo que a materias de supervivencia se refiere, seguro estoy de que serán capaces de improvisar en la Sala de Juntas un campamento como Dios manda, y en el que nuestras necesidades básicas quedarán cubiertas. Y ahora, mis queridos vecinos, todos a la Sala de Juntas.

Ya en la Sala de Juntas, doña Tercero C, don Primero C y don Segundo A se entregaron a una actividad frenética, encendieron velas y un camping gas, pusieron a joven Ático sobre la mesa de la sala a modo de camilla y lo taparon con una manta térmica del Cuerpo de Rescate de la Guardia Civil. “Tía, parece un pollo asado envuelto en papel albal” , dijo una de las chicas Cuarto A a pelirroja Cuarto A, que se preguntó si sería por eso por lo que babeaba al mirarlo, tía. A doña Sonotone Primero C le facilitaron su hamaca, un taburete y tres cojines para que pudiera poner las piernas en alto.

-¡Encarnita!, ¡regula el sonotone, Encarnita!, ¡que se está acoplando! –gritó a su hermana doña Primero B- Bueno, a ver si Encarnita termina de regular el trasto ese, hala, un rosario para cada una, que empezamos, recemos con devoción a nuestra Santísima Madre para que no haya otro terremoto, que el Señor nos ampare y nos escuche. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
-Amén –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y D.
-Dios mío, ven en mi auxilio –dijo Primero B.
-Señor, date prisa en socorrerme –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y d.
-Gloria al Padre... –dijo Primero B.
-Como era en el principio... –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y D .
-Primer misterio, El bautismo de Jesús en el río Jordán... Padre nuestro que estás en el cielo... –dijo Primero B.
-...santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino... –contestaron Sonotone Primero B y Quintos C y D.

Don Tercero C se aflojó el nudo de la corbata previendo que la noche iba a ser larga, y se dijo que si por lo menos doña Tercero D no estuviera tan atareada con joven Ático y viniera a charlar un rato a su lado no le estarían dando ganas de sumergir las cabezas de las ancianas en aguas del Jordán.

-...Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Por favor, don Ernesto, salga a fumar al jardín que Encarnita está muy delicada de los bronquios. Segundo Misterio, Jesús y María en las bodas de Caná... Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya todos están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora... Dios te salve, María, llena eres de gracia...
-El Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres...
-Vecinos- comenzó a sugerir don Quinto D- hablando de vino, me voy a dar un salto a mi bar a por material para prepararnos unos cacharritos y algo para picotear, ya ajustaré cuentas con don Eusebio, que digo yo que la Comunidad tendrá alguna partida reservada para imprevistos, que vaya cenizo si no, con el Matías ahí subido y las velitas y los rezos, que parece que lo estamos velando.
-Guay, tías, botellón- contestó entusiasmada una de las chicas Cuarto A.

Don Quinto B y don Cuarto C se ofrecieron a acompañarlo en lo que don Quinto B calificó como “conveniente incursión en busca del siempre necesario aprovisionamiento de víveres de cuya cuenta por supuesto responderá la Comunidad”. Pero no sólo de pan vive el hombre, había dicho don Quinto D, de modo que regresaron a la Sala de Juntas con todo el material necesario para organizar una fiesta en el jardín, además de comida, don Quinto D se trajo su acordeón y varias botellas de ron y güisqui. Doñas Primero B ambas dos se negaron a probar una tapita de jamón mientras tuvieran el Sagrado Rosario entre las manos, pero doñas Quintos C y D, alegando que es que a ellas los nervios les da mucho hambre, abandonaron el sacro círculo para sumarse a la fiesta.

-...Por los siglos de los siglos, Amén. Cuarto Misterio, la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor, ... Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué hermoso es estarnos aquí! Si quieres, haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»... Padre nuestro que estás en los cielos... -dijo doña Primero B.
-Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino... -Contestó doña Sonotone Primero B.

“De verdad, qué bien estamos aquí”, pensó Pelirroja Cuarto A que, cuando don Quinto D y compañía vinieron con los víveres para la fiesta, le había dicho voluntariosamente a doña Tercero D que saliera al jardín a divertirse, que ella la relevaría, y desde entonces no se había movido del borde de la mesa de joven ático, cosa que doñas Primero B habían elogiado de la joven entre misterio y misterio, mírala la chiquilla, qué devoción mariana, qué acompañar a los enfermos, y eso que sus amigas han salido al jardín nada más escuchar el acordeón, y ahí estarán bailando tangos con todos los hombres casados de la Comunidad y bebiendo como pecadoras, que la Magdalena las guíe, amén. Sin embargo, ironías de la vida, un don Cuarto C inusualmente zalamero por efecto de los vapores etílicos, entró en ese momento en la Sala de Juntas con una Cuarto A en cada brazo, y con monerías y carantoñas supo ganarse a doñas Primero B para que los acompañaran al jardín, “Vamos, que no decaiga la fiesta, que me ha dicho un pajarito que usted bailaba muy bien en sus tiempos mozos, doña Florita, enseñe a las niñas a bailar pasodobles, por caridad cristiana, que ahora mismo me llevo yo la hamaca de doña Encarnita para que tome el fresquito ahí fuera, venga, una lagrimita de Patxarán, que ya verán que bueno está, y dejen a la Virgen descansar un rato, que ya es muy tarde, y si hay réplica y nos quedamos sin casas, ya responderá la constructora”. En menos de diez minutos doña Sonotone Primero B, patxarán en mano, cantaba jaleada por las niñas Cuarto A con su hilillo de voz que a ella se la podía besar en la mano o se la podía dar un beso de hermano, pero que un beso de amor no se lo daba a cualquiera, mientras doña Primera B, uy qué sofoco, don Ramón, a mi edad, y don Cuarto C, ole, doña Florita, vivan las mujeres con gracia, les enseñaban a las chicas Cuarto A a bailar pasodobles. La alegría y el ron corrían a raudales, y claro, Rafa, pichurri, qué valiente eres, ven que te diga una cosita. Ay, Manolo, qué bien tocas el acordeón, Manolo. Doña Juanita, qué hermosura el destello de sus ojos con la luz de esta luna. Elena, necesito un masaje en la espalda. Antonio, quiero verte con el tricornio, no lo habrás echado en la mochila, ¿no?. Cómo te sienta el rojo, chata, mientras que en la Sala de Juntas:

-Matías, tío, tengo que decirte una cosa, que me gustas. Mucho, tío.
-Qué fuerte, tía, Cristina. Tú también a mi, tía. Cristina, tía, ¿y si nos vamos detrás de un seto y me clavas las uñas en la espalda?
-Guay, tío.

Ático dio un salto de la mesa y corrió con Pelirroja Cuarto A a los jardines de la Comunidad en busca de un seto, tarea que resultó imposible porque todos los setos estaban ocupados por Quinto A con Quinto A, Tercero C con Tercero D, Primero C con Primero C, Segundo A con Segundo A, Quinto D con Quinto D y Quinto C con Quinto B, de modo que no les quedó más remedio que parapetarse en medio del césped debajo de la manta térmica, la cual estuvo crepitando y brillando escandalosamente bajo la luz de la luna durante lo que quedó de noche.

Fue al alba y “en plena bacanal”, como le gusta referir a don Quinto B, “cuando los espíritus de Dionisos y Cupido campaban a sus anchas por los jardines de la Comunidad, cuando Gea y Hades se confabularon y nos enviaron, pobres mortales, la tan temida réplica: primero un ruido profundo que venía de las mismísimas entrañas de la tierra, después el espantoso temblor y por último la caída estrepitosa del Edificio Generalife”.

-¡Pa habernos matao! -exclamó don Quinto D levantando la cabeza por encima de las piernas de doña Quinto D.

A little dream


Unos dedos rasgan un bajo, pero es ella la que recibe la cosquilla y empieza a vibrar en un acto reflejo que le llega hasta el pie en forma de pisotón en el acelerador Stars shining right above you, night breezes seem to whisper: I love you, birds singing in the sycamore trees, dream a little dream of me. El aire frío de la noche entra por las ventanillas, la invita a sacar su mano izquierda, a abandonarla contra su corriente, a volarle el pelo, y ella a cambio lo obsequia con las notas brillantes de un piano prolijamente acariciado que salen de la radio, las siente salir de puntillas por la palma de su mano y saltar en el trampolín de las yemas, invaden la noche como luciérnagas, While I’m alone as blues as can be, dream a little dream of me, y la vida deja de ser civil y comienza a ser imprevisible, porque ella es algo más que alguien que va dentro de un coche por las calles de una ciudad cualquiera, es una centella de swing que recorre la noche con el pie pegado al acelerador, y a su paso colorea semáforos, centros de salud, tiendas y hoteles, liberándolos de la sobriedad de las luces municipales. Sweet dreams till sunbeams find you, sweet dreams that leave al worries behind you, but in your dreams whatever they be, dream a little dream of me. El piano y el bajo le hacen burla a la vida, y el intérprete se ha debido de meter las manos en los bolsillos y ha comenzado a silbar la melodía, Stars fading but I linger on dear, still craving your kiss I’m longing to linger till dawn dear just saying this y cómo no buscar la compañía de la luna en un momento como éste, que guiñándole un ojo le grita que se muere de ganas de tener un tremendo trasero para moverlo al ritmo de ese bajo Dream a little dream of me, lo que sin duda es una provocación, pero quién se lo impide aparte de ese energúmeno que le ladra con el claxon que el semáforo ya está en verde, y qué importa eso una vez que sweet dreams that leave all worries behind you, así que nadie, por eso se quita las sandalias, corre hacia la glorieta y recibe la lluvia artificial de los aspersores. Dream a little dream of, dream a little dream of, dream a little dream of me.

14 de junio de 2005




Querida Lucía,

Juanba me envió un e-mail proponiéndome un juego: escribir un texto que contenga "El amor de mi vida" y "Subterráneo". A él le dedico lo que me ha salido:


El amor de mi vida me dibuja cada día un cielo nuevo,
Cielos de amapolas,
Cielos brillantes,
De pompas de luz de luna
y margaritas de caramelo.
Cielos de estrellas fugaces,
De cometas fijos,
Cielos de Bagdad y de Van Gogh,
Cielos sobre un lecho subterráneo,
Cielos de agua y de hielo,
Cielos de estalactita y coral,
De serpentina, arena y fuego.
Mi amor me dibuja un cielo de primaveras,
Florece un cielo de bosques
Dentro de un cielo de trébol
Dentro de un cielo de menta
Y pone encima de todos un cielo de manzanas verde intenso.
Mi amor me dibuja cielos enladrillados
Y los encapota de sueños,
Cielos de aros de humo,
De pentagramas eternos,
Cielos donde a las nubes les brota la flor del almendro
Y de las flores brotan albatros,
Y de sus picos brotan más cielos
Y de los cielos pianos de cola
Y de las colas valses y besos
Y de los besos cielos donde nuestras risas son esquimalitos
Frotándose la nariz,
Y de las narices brotan cielos de millones de páginas
Que contienen todos los versos,
Y de los versos cielos celestes, azules, marinos,
Donde las olas rompen en cielos.

11 de junio de 2005


Querida Lucía,

Hay dos adverbios de lugar, Aquende y Allende, que me presionan para escribir. Yo sigo estancada en el pretérito imperfecto de subjuntivo, que me invita a la duda o la posibilidad remota, remotísima, enfatiza el superlativo. Día y noche me persigue una yuxtaposición de sustantivos: atrevimiento, audacia, resolución, esto es, dice la conjunción, osadía, corsaria, osadía. Sin embargo, contradice la adversativa aliada con el imperativo, déjala en paz, se pasa el día midiendo, añade un gerundio. Escribir, escribir, escribir, martillea un infinitivo, no escribes nada, ya salió la negación, a ver, ¿no más nada es algo?, ¿es todo?, ¿sigue siendo nada?, atacan las interrogativas, ay, no sé, contesto, lo consultaré con la almohada, sale al paso una socorrida locución. ¡No, nada de almohadas!, ¡que se duerme!, ¡ya van más de cuarenta días!, replica un numeral escandalizado. Estoy vaga, ¿qué pasa?, me defiendo. ¡”Estoy vaga”!, ¡cómo usa la aseveración!, ¡increíble!, ¡que le corten la cabeza!, arremeten las exclamativas. ¡Silencio!, ¡eh!, ¡tú!, ¡la última!, a ti te conozco, tú eres de Lewis Carroll, vuelve a tu texto, y el resto, al manual de sintaxis de donde hayáis salido, ¡estaba intentando escribirle a Lucía!.

Lucía, querida, ya las estás viendo, mientras estén tan rebeladas no podré escribirte.

1 de mayo de 2005

El beso


Ella ve salir todas esas palabras de su boca. Un batallón en hileras negras, largos caminos de hormigas que se le van subiendo, se enredan en su pelo, quieren entrarle por la boca, por la nariz, por los ojos, para que comprenda, pero no le da tiempo, le viene encima la O de r e l a c i ó n, con su acento y la contundente nasal a golpearle en la frente, e s t a r e l a c i ó n, se le va viniendo encima, haciéndose más grandes mientras vibran en el aire, sonando, sonando, y hay que parar la sucesión de hormigas negras antes de que diga f o r m a l i c e m o s, y las líquidas le inunden los huesos y la silbante le sople en los oídos. Y entonces va al encuentro de las letras, las empuja contracorriente, las aprieta, las aplasta una contra la anterior, contra la anterior, contra la anterior, y consigue comprimir las primeras con los labios, mientras las últimas siguen saliendo como un torrente imparable de su boca, hasta que las tapona con su lengua y con sus dientes, y siente que siguen ahí, empujando para poder salir, y si mira sólo ve un ojo que la mira, y si escucha oye a las letras cuchichear "d é j a m e e s t a m o s h a b l a n d o", pero ella no quiere hablar, y entonces ve que el ojo se cierra, que las hileras de hormigas se dispersan, y que todo se vuelve agua, y en el agua están jugando dos animalitos mudos.

29 de abril de 2005

Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa


Este diálogo forma parte de una divertida serie con la que dos fumadores compulsivos nos estuvimos riendo durante unos días. Os recomiendo que leais la serie completa aquí.



-Buenos días. Deme usted algo bueno para suicidarme.
-No puedo ayudarlo, yo solo soy estanquero. Mejor vaya a donde venden pistolas.
-Lo he pensado, no crea usted que no. Lo que pasa es que soy muy aprensivo, solo ver sangre me mareo. He leído que fumar puede matar.
-Sí, bueno..., no será para tanto. Una buena parte de mis clientes son abueletes que llevan toda la vida fumando, si los viera pensaría que el tabaco es beneficioso. Eso sí, le va a salir más barato lo de la pistola. También puede usted tirarse de un puente o cortarse las venas con una guillette. Eso sería más económico. Fumar es caro, pero por otro lado le quedaría el consuelo de estar sosteniendo la economía del país, los fumadores son muy buenos contribuyentes. El puente es lo más barato.
-No, no se preocupe por el dinero, no dejo herederos. Quiero algo que no duela. ¿Usted fuma?
-¡No!, ¡Va contra mis principios!, nunca permitiría que nada ni nadie me dominase. Lo único que me gusta del tabaco es las perrillas que me deja.
-Encomiables, sus principios. Lo que no sé es si voy a ser lo suficientemente constante como para fumar hasta morir. Me aburro pronto de las cosas. Y más ahora, con esta depresión, que no tengo ganas de nada.
-¡Qué va! Por eso no se preocupe, no es difícil engancharse pronto, cada cigarrillo contiene docenas y docenas de sustancias adictivas que harán imposible que sea usted inconstante a la hora de fumar, eso ya está pensado por las Autoridades Sanitarias para alegría del Ministerio de Economía y de los estanqueros, amigo.
-¿Las mismas que advierten que fumar puede matar?
-Las mismas.
-Vaya, me deja usted helado. Si no hubiera decidido ya acabar con mi vida, ese hubiera sido un buen motivo para hacerlo. Pues no se hable más, cuanto antes empiece a suicidarme, antes acabo. Deme algo fuerte, lo más bueno que tenga.
-Pues aquí tiene, un paquete de El rayo que nos parta, que seguro que habrá visto el anuncio en las paradas de autobús, ya sabe, ese tipo de publicidad que no sabe uno lo que están publicitando porque no sale la cajetilla por ningún lado. Solo diez euros. Esto es solo abrir, ponerse uno en la boca, encender y aspirar. Si se lo traga y no lo suelta, mucho mejor. Suerte amigo, a ver si Dios se acuerda de usted pronto y lo ingresan con un edema pulmonar con complicaciones de bronconeumonía neumónica de los buenos y el médico se niega a atenderlo por haber fumado tanto.
-A ver, eso es lo que nos hace falta. Pues nada, muy agradecido, es usted muy amable.

23 de abril de 2005

Mary Poppins


Para Eduardo


Bueno, querida, el día que descubras que no tengo nada en común con nuestra heroína, Mary Poppins, “prácticamente perfecta en todo” según su cinta métrica, habrás crecido, habrás entrado a formar parte de LA REALIDAD.

Te hablo hoy de esto porque llevo unos días dándole vueltas al asunto. Tengo un amigo que está preocupado por si sus formas de evasión aumentan las cargas en el mundo real. Me hace gracia, porque en mi caso la cosa funciona al revés.

Te hablaré, Lucía, de mi lado más real, de la Ana que tú no conoces porque nunca te muestro:

Ana EN REALIDAD es triste, vaga, aburrida, apática, pasota, está angustiada, agobiada, harta, deprimida, estresada, desesperanzada y desengañada del mundo.

Ana EN REALIDAD no ama a nadie. De suyo Ana es incapaz de sentir amor intenso y constante por las personas a las que se supone que ama mucho: en muchas ocasiones, Lucía, tu compañía le molesta. No tiene ganas de jugar contigo, ni de escucharte ni de enseñarte nada. Normalmente piensa que estaría mucho mejor sola y que no necesita a nadie.

Ana EN REALIDAD no es sincera. Ha sido infiel, deshonesta y desleal con todo el que se ha cruzado por su camino. Ha traicionado y mentido muchas veces, y probablemente lo seguirá haciendo.

Ana EN REALIDAD no es cariñosa, amable, buena, ni dulce. Muchas veces se deja arrastrar por la ira y el odio, formula pensamientos atroces, horribles hacia los demás.

Ana EN REALIDAD es miserable, oscura, ruin, perversa, Ana EN REALIDAD es una persona indeseable, incorregible e incapaz.

Esa es la realidad de Ana, Lucía. Seguro que hay muchas más cosas que no te gustaría saber sobre mi, pero con esto yo creo que es suficiente. Como verás, disto mucho de ser Mary Poppins.

Sin embargo, Lucía, con semejante realidad, tuve que inventar una fórmula para escapar de esa Ana real. Tuve que aprender a “optimizarme”. Es una lata, porque no acabas nunca, porque es como tener que estar cantando siempre la misma canción, y eso cansa mucho, Lucía. Y yo estoy muy cansada de mi y de ser tan imperfecta. Pero bueno, hay otras épocas en las que me siento menos cansada y las cosas no me parecen tan difíciles ni tan tremendas. Trato de pensar en eso para no darme por imposible.

En algunos momentos del día sí me gusto más, y entonces pienso cosas como “gracias, Lucía, yo también te amo”, si me das un beso espontáneo, aunque no te lo diga en voz alta, o “gracias, Sol, yo también te amo”, cuando contemplo una de esas puestas de sol tan fantásticas que suelen darse en esta ciudad, aunque tampoco se lo diga en voz alta, por si el sol se piensa que estoy loca. Y en esos momentos, si pienso en los aspectos de mi personalidad que deseo amputarme, también soy capaz de sentir ternura por ellos, y tengo la certeza de que si no estuvieran, si todo fuera perfecto, si no tuviera nada que perdonarme, no sería como soy, y en esos momentos me da pena de pensar que yo no sería como soy, porque en REALIDAD me tengo mucha simpatía y soy mi excusa para jugar a ser Mary Poppins, escapar, evadirme de mi misma, ser mejor persona y que tú me quieras, Lucía.

11 de marzo de 2005

Shalom



Shalom haberim, shalom haberim,
Shalom, shalom,
Leitraot, leitraot,
Shalom, shalom.

6 de marzo de 2005

Incertidumbre


Blanca atravesó el parque diciéndose, ¡Adoro el otoño!, ¡Adoro el otoño!, ¡Adoro el otoño! La alegría que le producía este pensamiento se deshizo cuando vio a Alfonso ya instalado en el banco de casi todos los días.
-Llegas pronto. ¿Por qué llegas tan pronto?
-¿Por qué te enfadas tanto?
-Me gusta esperarte.
-¿No puedo esperar yo?
-No, soy yo la que nunca sabe si vas a venir.
-¿No te sientas?
-¿Ya para qué?
-¡Blanca! -suplicó Alfonso- ¡Hoy estoy muy cansado para tus jueguecitos, siéntate, por favor!
Blanca obedeció.
Dejaron que la tarde pasara con la misma indiferencia con que dos niños que acaban de conocerse en una playa deciden tácitamente hacer juntos un castillo de arena, sin esa necesidad que tienen los adultos de intercambiar informaciones por pura cortesía.
Blanca miraba a unas niñas jugando a la comba, Alfonso leía algún aburridísimo ensayo filosófico, Blanca juntaba mirándolas las puntas de sus zapatos mientras tamborileaba su cara con los diez dedos de las manos, Alfonso cambiaba de postura dándole la espalda porque se le había dormido una pierna, Blanca tomaba notas en un viejo cuaderno, Alfonso contemplaba abstraído el crepúsculo.
-Tengo que irme. Te prometo que no volveré a llegar tan pronto.
-Gracias. ¿Sabes cómo bautizan los indios de la amazonia boliviana a sus niños? -Alfonso negó con la cabeza- Les dan una caracola, “para que aprendas a amar el agua”, dicen, una flor de malvón, “para que aprendas a amar la tierra”, abren la jaula de un pájaro preso, “para que aprendas a amar el aire” y por último, ponen en sus manos una pequeña botella cerrada, ¿sabes qué les dicen entonces? -Alfonso volvió a negar con la cabeza- “No la abras nunca, nunca, nunca, así aprenderás a amar el misterio”.
Alfonso se despidió con una sonrisa y emprendió el regreso a casa. Caminaba despacio.

4 de marzo de 2005

Flores y abejas


A mi hermana Mariluz, que me acaba de despertar los mismos sentimientos que debió de tener Uma Thurman cuando levantó el sable y dijo, ven, chinita, que te voy a cortar el flequillo, por decirme que esto más que cuento parece una historietilla del Reader's Digest.




Se acercaba la Navidad y Fran no iba a permitir que su compañero de piso se fuera a Lugo enfadado. Llevaban una semana que apenas se dirigían la palabra porque habían tenido algunos problemas domésticos. En cuatro años compartiendo piso en Salamanca, no era la primera vez que ocurría. Fran era desordenado y sucio, Pedro metódico y quisquilloso. Para suavizar tensiones, a Fran se le ocurrió que sería una buena idea regalarle a Pedro unos guantes de piel de oveja por Navidad, al fin y al cabo, siempre le estaba pidiendo los suyos, y tenía las manos tan grandes que se los había deformado.

Fran dejó tímidamente un paquete con los guantes sobre la cama de Pedro el último día, antes de las vacaciones. Tenían horarios distintos, y ya no lo vería hasta la vuelta. Cuando Fran volvió a casa, encontró el mismo paquete sobre su cama con una vistosa nota que decía: “Timeo Danaos et dona ferentes”(1). Le pareció todo un detalle que Pedro, ciencias puras, se hubiera tomado la molestia de ponerle una cita en latín, sin embargo, no dejó de sentirse dolido por el desprecio de su amigo, y confió en que cuando volviera se le habría pasado el enfado, o en que lo llamara a Málaga para felicitarle las fiestas.

Se animó un poco con la idea de que lo mejor que podía hacer con esos guantes era enviárselos a su tío José María, con el que mantenía una simpática correspondencia desde que se fuera a las misiones siete años atrás. El padre José María siempre se estaba quejando del frío que pasaba en aquellas montañas andinas, “siendo andaluz, nunca me habituaré a estas temperaturas, pero más pasó nuestro Señor en la cruz, hijo mío, más pasó nuestro Señor en la cruz”, solía decirle a Fran en sus cartas.

Fran le escribió una larga carta a su tío cura deseándole lo mejor en las próximas navidades y dándole las noticias de la familia que su madre solía contarle cada semana por teléfono. La post data era como sigue:

"P.D. Bueno, tío, aquí te mando este paquete, es un pequeño regalo de Navidad. Supongo que estando como estás dotado del don de la paciencia, no lo habrás abierto todavía hasta no leer la carta. No quiero estropearte la sorpresa, así que sólo te diré que son de buena calidad, oveja, no te digo más. Espero que los disfrutes tanto como yo con los míos cuando Pedro me deja la oportunidad, claro, y que te queden bien, no como a mi, que me están grandes, como Pedro me los deja... Deseo que te sean útiles, aunque ya sé que esto en poco aliviará tus necesidades, que siempre habrán sido tan grandes, pero seguro algún calorcito te aportarán, ojalá te acuerdes de mi cuando los uses."

Fran releyó la carta satisfecho, la pegó a la caja envuelta en papel de regalo, lo envolvió todo con papel marrón, y lo facturó en la primera mensajería que encontró de camino a la estación de autobuses.

A finales de enero, Fran recibió una carta de su tío Jose María, en la que le felicitaba el año nuevo y le contaba, como de costumbre, un montón de historias sobre la marcha de la misión y las vidas de aquella gente a muchos de los cuales ya conocía por sus nombres. Lo más sorprendente, sin duda, fue la post data, decía así:

"P.D. Por cierto, Paquito, hijo, muchas gracias por el regalo de Navidad. Espero no decepcionarte si te digo que lo he usado como globos en una piñata que hice para los niños del pueblo. Todavía no puedo entender el tremendo lapsus liguae que tuviste con las ovejas y las abejas, un chico cultivado como tú, estudiante de Historia Antigua, te aseguro que los niños de la piñata distinguen perfectamente entre una cosa y la otra, espero que solo fuera eso, un lapsus liguae, motivado probablemente por el exceso de estudio, eso explicaría que desearas que me hubiera acordado de ti caso de que los hubiera usado de otra manera que no fuera como globos de piñata, hijo, por el Dios Altísimo, ¿qué cosas te pasan?, ¿por qué no acudes a un psicólogo?, y todo eso de que Pedro te los deja y no te los deja... Me tienes algo preocupado, rezo por ti cada día. Bueno, no quiero inquietarte, hijo, puede que no sean más que las cosas propias de la juventud, yo te perdono, así que acabemos con una nota de humor: creo que me hubieran estado muy grandes, la próxima vez me los mandas como si fueran para ti, lo tuyo es hereditario por vía materna, ¿o por qué crees que me hice sacerdote?"

Pedro optó por el mutismo cuando Fran le dijo que en vista de que había rechazado su regalo, se lo había enviado a su tío José María. A veces tenía que encerrarse en su habitación y sofocar las carcajadas con la almohada.

A Fran le costó varias misivas descubrir que el contenido de la caja no era los guantes de oveja, sino varias cajitas de Flores y abejas, estriados, con efecto retardante, XXL(2).




(1) “Desconfío de los griegos aunque vengan con regalos”, La Eneida, Virgilio.
(2) Dice Pedro que Fran no hubiera necesitado la XXL, de hecho, Fran no tiene ningún atributo significativo. Fran dice que Pedro tampoco, tener las manos y los pies grandes no necesariamente implica tener grande todo lo demás, eso no es más que un mito. Añade que Pedro es un fantasma cuyo objetivo al comprar 6 cajitas de XXL aquella tarde no era otro que el de seducir a la farmacéutica. En cuanto al cura, puede que tampoco tenga la XXL, y que la cosa no necesite más explicación por motivos que pueden parecer evidentes, aunque de todos es sabido que los caminos del Señor son inescrutables.

3 de marzo de 2005

El vuelo de la gaviota


Abandonada como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. Justo hoy. Abandonada como los muelles en el alba justo hoy, Manolo. Hoy que he discutido con ese..., ese..., ese..., guanero, ¡sí!, eso es, un guanero. ¿Qué le pasa a ese hombre, qué le pasa?, ¿Cómo he podido si quiera concebir la posibilidad de que sentía algo por él? Gua-ne-ro. Recoge mierda. Mierda con la que él fabrica mierda excelsa, eso sí. Lo mejor en mierda hace él. Pero mierda al fin y al cabo. Porque es la gaviota la que vuela y la que caga, mientras que él espera en esos acantilados, en esos precipicios rocosos, observando el vuelo de la gaviota, y esperando a que cague. Él no vuela, no. Él debe estar esperando a ver si alguien la caga o a ver si se muere ya de una vez, porque no es posible vivir tan amargado, estará harto de tanta mierda y querrá morirse de una vez. Él espera a que alguien se eleve para obtener el guano y venderlo caro, por eso ese desprecio por todo. “¿José Martí?, ¿por eso lloras, Cultivo una rosa blanca?, ¿es posible que llegue aquí y te encuentre llorando por Cardos ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca?, ¿o es que te quieres convencer de que es por eso por lo que lloras? Porque será a ti a quien tienes que convencer, porque a mi no me vas a convencer de esa majadería, o tú no has pensado que siendo de lágrima tan fácil, algo debe de ocurrirte”. Y yo que si sólo es por José Martí, el destierro, una vida luchando por las libertades, que si cultivar rosas blancas para el enemigo, tratando de hacer comprender a ese guanero amargado. Parte de la base de que soy una descerebrada y de que nada puedo enseñarle. Treinta y siete años de búsqueda para reírse de mi guano y para tener esas ganas de morirse. “No me hables de poesía comprometida, de política, no quiero ni oír mencionar nada de eso, tú no sabes lo que es eso, ¡la lucha por las libertades y se queda tan ancha!, a ti no te ha costado una cátedra y has acabado muriéndote de asco, jefe de estudios de Alcatraz, eso parece, Alcatraz, hablándole a un grupito de mafiosos con acné de Egipto, la Revolución francesa y Karl Marx como si de un gazpacho se tratara, como si eso tuviera algún sentido. ¿Qué ha hecho ese José Martí por el mundo para que te encuentre aquí llorando por esa pamplina de aquel que me arranca el corazón con que vivo, cardos ni ortiga cultivo?, María, guapa, estoy hasta los cojones del Amor Universal, de tu Neruda, tu Martí, tu Vallejo y tu Huidobro, de tus falditas hippies, y de tus lloros, y de paso harto también de mis alumnos, y de la educación para la paz, así que haz el favor de no leerme más poemitas. Ahí te quedas”. Y luego ese dedo, ese horrible dedo señalándome y esa mirada implacable por encima de las gafas, “y la próxima vez que llores, pregúntate al menos por qué lo haces”. Yo no necesito eso. Tengo a Manolo, en su trailer, puede que bajo agua, en algún punto entre Calais y Andover tengo a Manolo, lo tengo, probablemente pensando en mi en este momento, o en sus cuarenta mil kilos de plástico manufacturado para que los ingleses archiven sus documentos, pensando en sus cosas, como la gente normal, a él no se le ocurre preguntarme por qué lloro, él no se cree Sísifo, con una roca descomunal todas las mañanas a su espalda para no llegar a ninguna parte. ¡Oh, Manolo!, Abandonada como los muelles en el alba, justo hoy, Manolo, que tendrías que estar aquí para que nos estuviéramos riendo de cualquier cosa.

Hacía dos días que no sabía nada de Manolo. Sonó el teléfono. Saltó de la cama. Deseaba que fuera el guanero, ninguna otra cosa podría consolarla.

2 de marzo de 2005

La sala Tres


El hombre que fuma en la puerta de la sala número tres aún no ha cumplido los sesenta aunque aparente haberlos dejado atrás hace mucho tiempo. El hombre tiembla y cree que tiene frío: La muerte todo lo domina. El hombre no lo sabe. La muerte acapara su mente, pero el hombre no es consciente de que no es él quien piensa, sino la muerte. Es tremendo estar muerto, piensa el hombre, que hasta ahora había pensado que cuando llega la muerte, llega el duelo y la pena. Pero no es la pena lo que llega, no el desconsuelo. Tremenda, es tremenda la muerte, piensa el hombre, tanto que el dolor es el asombro. El hombre tiene tres hijos que lloran abatidos la muerte de la madre. Mis hijas, pobres, son jóvenes, mi hijo, en fin..., mi hijo. Ellos no entienden que no es la pena lo que lloran, piensa el hombre, es la enormidad de la muerte, enormidad de dos caras, una la magnitud, otra la negación.
Si el hombre hubiera visto su rostro en un espejo, el color de la cera, los ojos excesivamente abiertos, quizá habría comprendido lo que es la muerte. El hombre creía que en lo que realmente estaba pensando era en que había cuidado bien de la mujer durante todos estos años. Cuando vuelva a casa, el hombre no sabrá qué hacer con el poco tiempo libre que le deja su trabajo, ni sabrá dormir todas las horas de una noche, porque lleva treinta años sin hacerlo. La vida no se cansó de patearle los riñones con problemas de todo tipo, los hijos, el trabajo, el dinero, la soledad. Sin embargo, es la muerte quien se lleva ahora el centro de la vida del hombre, las voces desde el dormitorio, la amargura de quien no se resigna a la postración en una cama, los reproches un día sí y otro no por llevarla a que la pongan en esa maldita máquina, la soberbia y la desesperación por no poder dominarlos del todo cuando se van a sus trabajos. El hombre está preparado para todas las miserias, pero no para esta grandeza que tiene la muerte. Por eso, cuando llegan sus compañeros de trabajo, al hombre le parece que le dan el pésame con desenvoltura, no como él, que nunca dice lo adecuado. No esperaba verlos, le había parecido más que suficiente que toda la familia y todos los vecinos ya hubieran pasado por la sala tres.
El hombre los conduce dentro de la sala y les presenta a sus hijos. Una señora con cara de cuñada y moño cardado hasta la solemnidad, se ahoga con afectación teatral en un kleenex justo cuando el hombre acaba con las presentaciones. Los compañeros tropiezan entre sí para darle el pésame también a la señora, que comenta en medio de lo que parece un desvanecimiento inminente que pobre inocente, qué va a ser de este ángel del Señor ahora que no está la madre. Los compañeros ven a un hombre con cara de niño romper en un llanto desmedido.
El hombre conduce a los compañeros hacia el cristal que separa la sala tres de otra más pequeña donde está la mujer. El hombre levanta torpemente el brazo y dirige la mano hacia el cristal, comienza a decir algo que nadie acierta a oír. Los compañeros miran. Ven un rostro amarillento enmarcado en una cascada de raso blanco. Suspiros, carraspeos, parece que duerme, miente alguien. No parece que duerme. Parece que está muerta y que ha tenido una muerte amarga e interminable. Los compañeros se bloquean. Parece una presentación de la difunta. Parece que tengan que certificar que está muerta y por eso ha faltado al trabajo. Parece que el hombre está orgulloso de poder mostrar algo importante.

1 de marzo de 2005

Cucurumbé


Querida Lucía,

Últimamente no me miras muy bien. Creo que es porque estás muy harta de mi prosa. Nooooooo, no he olvidado lo mucho que te gusta la poesía, así que aquí tienes una canción de tu amigo Cri- crí. Si te portas bien, te enseño la música:


La Negrita Cucurumbé
se fue a bañar al mar
para ver si en las blancas olas
su carita podía blanquear.

La Negrita Cucurumbé
a la playa se acercó
envidiando a las conchitas
por su pálido color.

Quería ser blanca
como la Luna,
como la espuma
que tiene el Mar.

Un pescado con bombín
se le acercó,
y quitandose el sombrero
la saludó:
¡Pero válgame Señor!
¿Pues qué no ves
que así negra estás bonita,
Negrita Cucurumbé?.

Un pescado con bombín
se le acercó,
y moviendo la colita
le preguntó:
¡Pero válgame mujer!
¿Pues qué no ves
que bonita es tu carita,
Negrita Cucurumbé?

Cri Crí, El grillito cantor (Francisco Gabilondo Soler)

Eduardo


Gracias por poner los links. Ana no lo hubiera conseguido en mil años, es muy torpe para estas cosas.

Besitos,

Lucía

28 de febrero de 2005

El cubo de Rubik


Cuando lo encontré tirado en la acera, pensé que era el Cubo de Rubik en versión casera. Me admiré de la precisión milimétrica del artesano que lo había elaborado. De todos modos -le dije al cubo- estás más bonito así, sin colores, con la sobriedad de la madera.

Quedaba decorativo sobre la repisa de la chimenea y no dejaba de ser una ventaja que tuviera iguales las seis caras, porque siempre se me dio mal armar esos artefactos “lúdicodestrozanervios”. Así que allí se quedó. Le limpiaba el polvo una vez por semana.

Recuerdo que la noche que pusieron “El Resplandor”, tuve la ligera impresión de que el dado había crecido, apenas un estirón imperceptible, pero lo suficiente para generarme la impresión; cuando Jack Nicholson empuñó el hacha, lo agarré de un respingo y dejé de mirar la tele con el pretexto de armarlo, aun sin colores, manipularlo para sacarme los nervios del cuerpo.

Cuatro giros a una cara, dos a otra. Dos giros a otra cara, una a otra. Un giro a una cara, tres a otra. Así estuve un rato. No pasó nada. Tampoco esperaba que pasara nada. Creo que no era consciente de que el cubo había crecido, sólo tenía esa impresión en un plano puramente epidérmico, y probablemente, por culpa de Jack y su hacha.

A la mañana siguiente, cuando fui a limpiarle el polvo, sí que vi con claridad que había encogido, es decir, que había vuelto a su tamaño original. La impresión puramente epidérmica de que había crecido, se convirtió en la certeza de que la noche anterior, el cubo había crecido, apenas un estirón imperceptible, efectivamente, pero lo suficiente para percibir que el cubo había crecido entonces y que durante la noche había encogido.

De todos modos, me importaba un pimiento que el cubo creciera o decreciera a sus anchas, o quizá eran mis impresiones lo que me importaban un pimiento, porque los cubos de madera están desprovistos de la capacidad de modificar su tamaño, sin embargo, nuestra mente es caprichosa, a veces nos muestra fenómenos que realmente no existen. Así que me di media vuelta encogiéndome de hombros.

Al fondo del pasillo estaba Jack Nicholson esperándome, empuñaba un hacha y me miraba con esa cara de loco que todo el mundo conoce, porque no tiene otra. Yo sólo empuñaba el trapo del polvo.

-A ver, ¿qué eres tú?, -le pregunté cartesiana- ¿Una impresión puramente epidérmica o una certeza?, ¿Verdad que eres un producto engañoso de mi mente caprichosa?

Esta vez era una voz puramente racional la que me dictaba desde las más frías instancias de mi cerebro que aquella visión se esfumaría en breves segundos, sin embargo, levantó el hacha y corrió hacia mi, provocándome una necesidad imperiosa (y puramente física, instintiva, ancestral) de ponerme a salvo, ya habría tiempo de arrojar luz sobre tan exquisitas cavilaciones, que, por otro lado, Jack no parecía dispuesto a aclararme.

Atranqué la puerta del salón con el sofá entre Padresnuestros desesperados y Avesmarías apasionados, y me estaba planteando la posibilidad de arrojarme por el balcón mientras hacía la firme y sincera promesa de dejar de fumar para siempre al compás del primer hachazo, de dejar de beber durante todo un año al compás del segundo hachazo, de dejar de comer carne por seis meses al compás del tercero, de dejar de (esto último, afortunadamente, no llegué a formularlo) cuando el cuarto hachazo me activó una asociación de ideas: el cubo- Jack.

Me precipité a por el cubo, girando todas sus caras sin orden ni concierto, tratando de concentrar mis pensamientos en la quietud del agua estancada de la burda reproducción del Monet que colgaba de una de las paredes de mi salón.

Pasé unos días sin noches en aquella Ninfea tratando de tomármelo como si de una cura de reposo se tratara, ciertamente impresionada con tanto impresionismo. Un día, ya no pude más con los magníficos reflejos del agua, con el primor del brillo de las hojas heridas por el sol, ni con tanta liviandad ni tanta sutileza de tanta sombra de hoja trémula bailando al viento. Afortunadamente, tenía el dado en las manos cuando salté hasta allí.

Cerré los ojos y puse todo mi empeño en la más clara visualización de un Marlon Brandon desnudo e insultantemente bello y masculino en la cama de El Último Tango en París. Y allí aparecí, con mi dado en las manos, dispuesta a afrontar el triste final y la sordidez de la historia, o quizá para modificarlo todo, o para huir de allí otra vez. Después de todo, tenía mi cubo mágico, ergo era.